Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog

Documento N° 2: Reflexiones sobre el Motu Proprio “Summorum Pontificum”, por el Padre Francesco Ricossa (Del Instituto Mater Boni Consilii)

3 Abril 2011, 01:29am

Publicado por Católico Intransigente

El 7 de julio del 2007, Benedicto XVI ha hecho pública la Carta Apostólica Motu Proprio Data, “Summorum Pontificum cura” sobre el uso del Misal Romano, precedida de una carta a los Obispos de todo el mundo para presentar este documento.

 

Aquellos católicos que, desde siempre, se han opuesto a la reforma litúrgica conciliar no pueden permanecer indiferentes a un documento semejante que, aun no proviniendo de la Iglesia habrá ciertamente importantes repercusiones para la vida de la Iglesia.

 

Para poder dar una adecuada valoración es, sin embargo, indispensable retornar a los orígenes de toda la controversia concerniente al uso del Misal y del Ritual Romanos y, más en general, de la reforma litúrgica.

 

El Concilio Vaticano II y la reforma litúrgica

 

De hecho, la reforma litúrgica culminada en 1969 con un nuevo misal, aun yendo más allá de la letra de la Constituciónconciliar Sacrosanctum Concilium, ha sido aplicada y querida bajo la orden y el control de Pablo VI, para expresar también en el campo litúrgico, con una nueva “lex orandi”, la nueva “lex credendi” de la eclesiología conciliar fundada sobre el ecumenismo y el diálogo interreligioso y, genéricamente, la nueva relación entre la Iglesiay el mundo contemporáneo (véanse en particular los documentos conciliares Lumen Gentium, Unitatis redintegratio, Orientalium ecclesiarum, Dignitatis humanae personae, Nostra aetate, Gaudium et spes).

 

La reforma litúrgica, por tanto, no puede ser disociada de la reforma doctrinal del Vaticano II. No por casualidad, casi al mismo tiempo del Motu Proprio sobre la liturgia, la Sagrada Congregaciónpara la Doctrinade la Fe, en continuidad con la Dominus Iesus y el discurso a los cardenales el 22 de diciembre del 2005, hapublicado otro documento (Respuesta a cuestiones referentes a algunos aspectos acerca de la doctrina sobre la Iglesia) con el cual se intenta dar una interpretación de Lumen gentium N° 8 (el famoso pasaje según el cual la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica, pero no es la Iglesia Católica). Esta interpretación se opone a la hermenéutica que van más allá de la letra del Concilio, pero es perfectamente fiel, sin embargo, a la letra del mismo Concilio, letra que no está en conformidad, como en vez se quiere demostrar, con la enseñanza precedente de la Iglesia.

 

Si, por lo tanto, la letra del Concilio, y no solamente su “espíritu”, es contraria a la enseñanza de la Iglesia, se deduce que el Concilio mismo no puede venir de la Iglesia y de su Autoridad Suprema divinamente asistida. Y que, por consiguiente, Benedicto XVI, que quiere permanecer fiel al Vaticano II, y mientras tenga esta intención, no puede ser la Autoridad de la Iglesia. He aquí por qué hemos escrito que el Motu Proprio, promulgado por Benedicto XVI, no es un documento de la Iglesiay no proviene de ella. Una primera conclusión es, por lo tanto, la siguiente: La crisis que estamos atravesando no tendrá fin hasta cuando no sean corregidos y condenados, los errores del Vaticano II. La celebración del Misal Romano no pone fin, por sí mismo, a esta crisis, y no es lícito celebrar la Santa Misa, o asistir a misas celebradas en comunión (una cum Pontífice nostro Benedicto) con una autoridad que no puede ser tal porque profesa e impone la doctrina reformada del Vaticano II.

 

La reforma litúrgica en el juicio del “Breve examen crítico del Novus Ordo Missae” y del Motu Proprio

 

Cuando en 1969, Pablo VI manifestó la intención de promulgar un nuevo misal, un grupo de teólogos, y en primer lugar el padre dominico L. M. Guérard des Lauriers, docente en la Pontificia UniversidadLateranense, redactó un “breve examen crítico del Novus Ordo Missae”. Al suscribirlo y presentarlo a Pablo VI, los Cardenales Ottaviani y Bacci expresaron este juicio sobre la reforma del misal: “el Novus Ordo (...) representa, sea en su conjunto como en lo particular, un alejamiento impresionante de la teología católica de la Santa Misa cual fue formulada en la Sesión XXII del Concilio Tridentino, el cual, fijando definitivamente los ‘cánones’ del rito erigió una barrera infranqueable contra cualquier herejía que resquebrajara la integridad del Misterio”. El misal reformado es, por lo tanto, “una gravísima fractura”. Todos aquellos que por alrededor de cuarenta años se negaron de celebrar con el nuevo misal montiniano, o a asistir a los ritos celebrados con este misal, manteniendo vivo el antiguo, lo han hecho porque están convencidos de este juicio.

 

Completamente distinto el parecer expresado por Benedicto XVI en la carta a los Obispos y en el Motu Proprio. El misal reformado permanece la forma ordinaria del rito romano, mientras el Misal Católico es una forma extraordinaria (art. 1). Además se afirma que “no hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Misal Romano” y se concluye, por consiguiente, que “obviamente, para vivir la plena comunión, también los sacerdotes adherentes al uso antiguo no pueden, en línea de principio, excluir la celebración según los libros nuevos. No sería, de hecho, coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo” (carta a los Obispos). La participación al nuevo rito parece prevista al menos durante el Triduo Sacro (Jueves, Viernes y Sábado Santo) cuando no está permitido el uso del Misal “antiguo” (art. 2). Los institutos que habían adherido a la Comisión Ecclesia Dei y que buscaban de evitar la celebración del nuevo rito podrían ahora encontrarse, paradójicamente, después del Motu Proprio, ¡en una situación peor que la precedente! No se ve, por consiguiente, como Mons. Fellay, Superior de la Fraternidad San Pío X, haya podido declarar que “el Motu Proprio pontificio restablece la Misa tridentina en sus derechos” (declaración de la Fraternidad SanPío X, 7 de julio del 2007) y que este “documento es un don de la gracia (...) no es un paso, es un salto en la buena dirección (..) un acto de justicia (...) una ayuda sobrenatural extraordinaria” (entrevista de Mons. Fellay a Vittorio Messori, Corriere della Sera, 8 de julio del 2007).

 

Una segunda conclusión es, por tanto, la siguiente: los católicos non deben contentarse de ver reconocida la licitud de celebrar con el Misal Romano, sino que deben pretender –por la gloria de Dios, la santidad de la Iglesia, y el bien de las almas-, la integridad de la Fe, aquello que requerían en 1969 los Cardenales Ottaviani y Bacci, es decir, la abrogación pura y simple del nuevo misal (y de toda la reforma litúrgica).

 

La cuestión de la validez del Novus Ordo y las consecuencias del olvido de este asunto después del Motu Proprio

 

Benedicto XVI habla, lo hemos visto, de ortodoxia, del “valor y de la santidad” de la reforma litúrgica. La cosa no debe sorprendernos. Un rito de la Iglesia, de hecho, no puede ser otra cosa que ortodoxo (conforme a la recta doctrina), válido y santo, exactamente como la enseñanza de la Iglesia y del Papa no puede contener errores contra la Fe y la Moral.

 

Si el nuevo misal y, en general, la reforma litúrgica, “representa un alejamiento impresionante de la teología católica de la Santa Misa”, eso es posible sólo porque no proviene de la Iglesia y de su Autoridad divinamente asistida.

 

Pero si el nuevo misal y, con toda la reforma litúrgica, el nuevo ritual de los sacramentos y el nuevo pontifical no son garantizados por la santidad de la Iglesia, entonces la duda sobre la validez de estos ritos, al menos para algunos de ellos, se torna posible. Con la nueva situación creada después del Indulto del 1984, el Motu Proprio del 1988 y el Motu Proprio del 2007 nacen situaciones graves para la validez y el respeto debido a los Santos Sacramentos, y en particular para el Sacramento de la Eucaristíay el Sacrificio de la Misa. De hecho, como tercera conclusión debemos recordar a sacerdotes y fieles como –a causa de las dudas sobre la validez del nuevo rito de consagración episcopal y de ordenación- los sacerdotes ordenados con el nuevo rito, o que han recibido el sacerdocio de Obispos consagrados con el nuevo rito- son dudosamente ordenados, por lo que su misa, también celebrada con el antiguo Misal Romano podría ser inválida. Que, por las dudas sobre la validez del nuevo misal, las partículas consagradas con el nuevo rito son dudosamente consagradas, y que, por consiguiente, los fieles que se acercan a la comunión también durante una misa según el antiguo misal celebrada por un sacerdote válidamente ordenado podrían recibir la santa comunión en manera inválida si las partículas distribuidas fueron consagradas durante una celebración desarrollada según el nuevo misal. En fin, que las partículas válidamente consagradas durante una misa celebrada con el rito antiguo y conservadas en el sagrario serán verdaderamente profanadas, serán distribuidas a los fieles durante los ritos reformados, los cuales, en expresión del mismo Benedicto XVI llegan frecuentemente al límite de lo soportable” (y también más allá). Estos motivos, que se agregan a los precedentes, impiden toda aceptación práctica del Motu Propio Summorum Pontificum.

 

La situación de la Iglesia después del Motu Proprio: esperanzas y temores

 

No corresponde a nosotros juzgar las intenciones subjetivas de Benedicto XVI en promulgar el Motu Proprio, bien que él mismo las ha, al menos en parte, manifestado aduciendo no el motivo de la defensa de la Fesino el motivo ecuménico de esta disposición, agregando incluso el criticar a la Iglesia misma y a sus “predecesores” de manera inaceptable (“Mirando al pasado, a las divisiones que en el curso de los siglos han lacerado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión que, en momentos críticos en los cuales las divisiones estaban naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesiapara reconquistar la conciliación y la unidad; se tiene la impresión que las omisiones en la Iglesiahayan tenido su parte de culpa en el hecho que estas divisiones se hayan podido consolidar”).

 

Podemos, sin embargo, preguntarnos si –más allá de las intenciones- el Motu Proprio es un paso adelante en la solución de la crisis que estamos atravesando o si, al contrario, se trata de un grave peligro. Porque pasando del campo de los principios a aquel de los hechos contingentes, es más fácil errar. Veamos juntos aquellos que me parecen los motivos de esperanza o de temor para el futuro, permaneciendo seguro de que las puertas del infierno no triunfarán sobre la Iglesiade Cristo.

 

No faltan los motivos de satisfacción, come han hecho notar también los comentadores más críticos del Motu Proprio. El más importante me parece el fracaso, -ya oficialmente reconocido- del intento de suprimir para siempre el Misal Romano y el Sacrificio de la Misa. Ensu carta a los Obispos, Benedicto XVI afirma que, con la introducción del nuevo misal, el antiguo “non fue nunca abrogado jurídicamente y, en consecuencia, en línea de principio, permaneció siempre permitido”. Con estas palabras Benedicto XVI desautoriza no sólo al artífice de la Reforma Litúrgica, Mons. Annibale Bugnini, que sostiene exactamente lo contrario (cf. A. Bugnini, La riforma litúrgica 1948-1975, CLV Edizioni Liturgiche, Roma, 1983, pp. 297-299) sino al mismo Pablo VI que en ocasión del Concistorio del 24 de mayo del 1976 declaró expresamente: “Es en el nombre de la Tradición que nosotros demandamos a todos nuestros hijos, a todas las comunidades católicas, de celebrar, con dignidad y fervor la Liturgia renovada. La adopción del nuevo Ordo Missae es abandonada al arbitrio de los sacerdotes y de los fieles: y la Instrucción del 14 de junio del 1971 haprevisto la celebración de la Misa en la antigua forma, con la autorización del Ordinario, sólo para los sacerdotes ancianos o enfermos, que ofrecen el Divino Sacrificio sin pueblo. El nuevo Ordo ha sido promulgado para que se sustituya el antiguo, luego de madura deliberación, después de las instancias del Concilio Vaticano II. No distintamente nuestro santo Predecesor Pío V había hecho obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, después del Concilio Tridentino.

 

La misma disponibilidad nosotros exigimos con la misma autoridad suprema que nos viene de Cristo Jesús, a todas las otras reformas litúrgicas, disciplinares, pastorales, maduradas en estos años en aplicación de los decretos conciliares”.

 

Quien ha sido testigo de aquellos días recuerda con tristeza el caso de sacerdotes que hasta entonces habían celebrado con el rito “antiguo” y que abandonaron por obediencia a Pablo VI, y de otros que, continuando a celebrar con el Misal Romano sufrieron toda suerte de persecuciones. Hoy, podemos decir que el intento de Paolo VI de destruir totalmente y prohibir la celebración de la Misa ha, también oficialmente, fracasado. Esta evidente contradicción (para quien tienen memoria) entre Pablo y Benedicto no puede sino sembrar la división en el campo de aquellos que sostienen el Concilio y sus reformas. Ejemplo, a este propósito, la declaración hecha al diario Reppublica por el Obispo de Sora, Aquino y Pontecorvo, también miembro de la Comisión Litúrgicade la Conferencia Episcopal Italiana: “No alcanzo a contener las lágrimas –ha dicho- estoy viviendo el momento más triste de mi vida como obispo y como hombre. Es un día de luto no sólo para mi, sino para tantos que han vivido y trabajado para el Concilio Vaticano II. Ha sido cancelada una reforma por la cual trabajaron tantos, al precio de grandes sacrificios, animados sólo por el deseo de renovar la Iglesia”. Desde este punto de vista el Motu Proprio es un punto a favor, ya que demostrará abundantemente el espíritu de desobediencia de los más convencidos autores del Vaticano II. Luego, con el Motu Proprio los bautizados tendrán alguna posibilidad más de ver nuevamente, o por primera vez, la liturgia de la Iglesia, y re-habituarse: un pasaje gradual pero humanamente necesario para salir de la enfermedad espiritual que nos ha golpeado por cuarenta años.

 

Estos beneficios serán, sin embargo, vanos si los católicos que permanecieron fieles hasta ahora a la doctrina y a la liturgia católica aceptaran, con el Motu Proprio, la “validez y la santidad” del nuevo misal, y la doctrina del Vaticano II. En este caso, el Motu Proprio, lejos de ser un paso (¡no un salto!) hacia la curación, será –como objetivamente es- un engaño fatal para reabsorber los católicos refractarios de la reforma neo-modernista. Tenemos ante los ojos los repetidos ejemplos de los que han desde ya, en los años o décadas pasados, aceptado un compromiso entre la verdad y el error: la Fe o es íntegra, o no es.

 

El Motu Proprio, en fin, preconiza una contaminación entre los dos ritos, según la intención varias veces manifestada por el Cardenal Ratzinger de alcanzar, en un futuro, un solo rito romano fruto de la evolución de aquel romano e del reformado. En efecto, bien que el Motu Proprio afirme repetidamente que el Misal “antiguo” y aquel de Pablo VI pueden coexistir como dos formas (extraordinaria y ordinaria) del rito romano, se advierte en realidad que los dos rituales no pueden coexistir, porque uno ha nacido para suplantar al otro. El único modo así de salvar la Reforma sería aquel de realizar una “reforma de la reforma”, que tendría, sin embargo, el efecto de destruir –si eventualmente fuese posible- la milenaria liturgia romana que ni siquiera Pablo VI logró extirpar. Desde ya el misal “liberado” del Motu Proprio, es aquel reformado por Juan XXIII; desde ya Benedicto XVI quiere alterarlo ulteriormente con la inserción de la lengua vulgar, de nuevos prefacios, de nuevas misas propias: bien rápido el abrazo del Motu Proprio se revelará más peligroso, para la Misa, que el persecutorio discurso del 24 de mayo del 1976, ya que correrá el riesgo de desaparecer por alteración y no más por supresión.

La última conclusión será, por lo tanto, aquella de no cambiar en lo más mínimo nuestra actitud de intransigente oposición a todas las doctrinas y las reformas modernistas. Nuestra intransigencia no mira a obtener honores o reconocimientos; ella mira, en cambio, y tenemos el deber, a obtener una profesión íntegra de la Fe, y una santa administración de los Sacramentos, sin ningún compromiso con el error, por la gloria de Dios, la salvación de las almas y el triunfo de la Iglesia.

Comentar este post